Las golpizas eran terribles y "violaron a una mujer al lado mío"
A cincuenta años del golpe de 1976, el testimonio de un detenido en la Ex Esim.

Eran más de las once y media de la noche del 8 de setiembre de 1976. Pablo Mancini, que tenía 23 años, se despidió de la madre y, cuando fue el turno del padre, un hombre ya grande y con poca salud que casi no salía de la cama, pensó que era la última vez que lo vería aunque no le dieron mucho tiempo.
Los hombres que habían allanado la planta alta donde vivía Mancini y luego la casa de los padres en el piso de abajo lo apuraron para que subiera al auto y apenas se sentó en el asiento trasero le pusieron una capucha.
El viaje no fue largo. Entraron a un lugar y se detuvieron. Unos instantes después empezó la tortura y el interrogatorio sobre el trabajo que desarrollaba en el barrio San Martín. La picana fue tanta que "llegó un momento que no sentía ni la corriente".
Mancini es un hombre de setenta y dos, alto, corpulento, de ojos oscuros y rasgados y recuerda que terminó el secundario en el Colegio Nacional Mariano Moreno en 1970 y al año siguiente empezó la carrera de Arquitectura. Al principio, militó en organizaciones de izquierda y, más tarde, en la Juventud Universitaria Peronista (JUP).
Por el sonido de las olas contra la escollera y las sirenas de los barcos cayó en la cuenta de que estaba en la Base Naval de Mar del Plata. Allí pasó unos veinte días hasta que, junto a otras personas, viajó encapuchado en el piso de un colectivo a la Ex ESIM.
En el cuarto donde lo dejaron había un tocadiscos a todo volumen que nunca se detenía, dos mesas rectangulares y, por cada una, cinco sillas de mimbre, de las que solía haber en la rambla. Así que pasaba el día sentado, sin hablar con los otros detenidos, con la capucha puesta y las manos y los pies atados. Algunos dormían en el suelo, otros sobre la mesa.
Un día que el tocadiscos se rompió y estuvieron algunas horas sin música escuchó el grito de una mujer que venía desde otro sector del predio. Mancini no recuerda que allí hubiera torturas pero sí que las golpizas podían ser terribles y que un día un guardia violó a una mujer en la misma habitación en la que estaba él y los demás detenidos.
El 15 de diciembre volvieron a trasladarlo a la Base Naval. Tres días después un militar lo visitó, le dijo que debía contarle algo. "Ya sé, se murió mi papá", dijo Mancini y recuerda que el foco que iluminaba la celda explotó. El militar le dijo que lo llevarían al velorio. Que ni se le ocurriera fugarse y que los amigos no intentaran nada. Le dieron un pantalón, una camisa verde oliva, le permitieron bañarse.
En la cochería, que estaba en el centro a tres cuadras de la municipalidad, pudo saludar a la familia, a la madre. Fueron unos quince minutos. Después volvieron a la base. El 24 de diciembre a la noche lo liberaron. Lo dejaron en una esquina a más de cinco kilómetros de la casa. Solo, con algo de dinero para el colectivo.
"Las peores semanas de mi vida"
Un detenido en la Ex Esim cuenta el cautiverio.
Alberto Pellegrini tenía diecinueve años, estudiaba derecho y no militaba, al menos de forma orgánica, en ningún espacio. Corría 1976 cuando supo que Carlos Alberto Oliva, un militante que trabajaba en la biblioteca de la facultad, necesitaba un lugar donde refugiarse y le ofreció la casa en la que había instalado un pequeño taller textil.
Él solía estar ahí con la novia y compartían con Oliva y la familia. El 5 de agosto, al mediodía, Pellegrini llegó a la casa en el auto pero no se detuvo. El portón estaba abierto, había hombres con armas largas y vio cómo se llevaban a Susana, la mujer de Oliva.
Al mismo tiempo, habían allanado la casa de los padres y los hombres le habían recomendado al padre que lo entregara. El hombre habló con un primo que era de la Armada y esa noche, a las ocho, lo llevó a la Base Naval.
Allí estuvo dos o tres semanas. Era un espacio amplio. Había más personas y todos permanecían encapuchados y sentados en sillas. No hablaban entre sí pero por la noche escuchaba cómo los militares iban a buscar a Oliva y más tarde lo devolvían con la indicación de que nadie le diera agua. Lo habían picaneado.
Una tarde lo subieron a un colectivo y le ordenaron que se arrojara al suelo. Él, marplatense de toda la vida, calculó que, como había girado solo una vez hacia la izquierda y el camino fue más o menos recto y corto, lo habían llevado al faro.
En la Ex ESIM a la capucha le sumaron algodones y cinta adhesiva para vendarle los ojos. Pellegrini recuerda que el lugar tenía una acústica rara, estaban sentados a una mesa, en sillas de madera, esposados y no los dejaban moverse. Hasta dormían en esa posición por más que les pasaran música todo el tiempo y a todo volumen.
"Allí pasé las dos o tres peores semanas de mi vida", dice Pellegrini a los sesenta y nueve y a casi cincuenta años de su detención ilegal. Tenía llagas en el cuerpo y las piernas hinchadas. Un médico le diagnosticó flebitis, le dio una medicación y le dijo que mantuviera las piernas en alto. El tratamiento duró hasta la siguiente guardia porque el militar que llegó pateó el banco que servía para que apoyara los pies.
Volvieron a trasladarlo. Esta vez a un barco de guerra que estaba amarrado en la Base Naval de Puerto Belgrano, en Punta Alta. Lo encerraron en un camarote. La primera semana le daban de comer cuatro veces por día y después solo una. A veces se despertaba y había una rata arriba de la cama. A veces guardaba una naranja o un pedazo de pan para comer durante el resto del día y se lo terminaban comiendo las ratas.
Estaba solo, aislado y descubrió que los bichos entraban por el caño que iba hacia la bacha. Una de las veces que le permitieron bañarse, escondió una remera y la usó para tapar el agujero. El remedio duró poco. En algunos días, las ratas se comieron el trapo.
A fines de diciembre de 1976 un sargento entró al camarote, lo abrazó y le dijo que se había salvado, que habían trasladado a todos menos a él y al viejo, un hombre que era el de más edad de los que habían estado detenidos. El 28 de diciembre de 1976 los dejaron a ambos en la terminal con el dinero suficiente para pagar los boletos.
Recién cuando llegó a Mar del Plata consiguió un cospel para poder comunicarse con su familia. Les dijo que estaba en camino, les avisó que iba en taxi para que alguien lo pagara. El auto llegó a la casa y en la puerta ya lo estaban esperando. "Estaba el barrio entero, todos los vecinos", dice Pellegrini que siempre que llega a esta parte del relato, hable con quien hable, no puede evitar que las lágrimas le tomen la voz.

