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Estuvo al borde del suicidio: “Los cuidados deben ser de por vida”

El testimonio de un hombre que atravesó la depresión, pudo haberse matado y con otras personas fundó la asociación Hablemos de Suicidio.

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Foto de Mar del Plata: Estuvo al borde del suicidio: “Los cuidados deben ser de por vida”

En los últimos dos meses el suicidio se instaló en la agenda mediática porque en el país la tasa es de 11,8 casos cada 100 mil habitantes y es la principal causa de muerte en personas de entre 15 y 24 años.

En la ciudad, no hay estadísticas oficiales pero hay asociaciones como Abrazando la Vida que vienen trabajando en el tema y cuentan con reuniones de ayuda mutua. Se trata de una terapia similar a la que implementó la asociación Hablemos de Suicidio. Región Mar del Plata dialogó con uno de los fundadores, que estuvo al borde de suicidarse y trasmitió su experiencia.

El testimonio

Alberto tenía 29 años, vivía con la esposa y la hija de cuatro en Tucumán y creía que la infancia y los problemas con los padres habían quedado atrás hasta el día de 1991 que le avisaron que su madre se había suicidado.

Él recuerda que, cuando era niño, no había mañana en que su madre no llorara y hablara de la muerte, que iba a morirse o a matarse. La mujer se dedicaba a la costura y el padre a la carpintería. Alberto era el tercero de cinco hermanos que vivían en el oeste del Gran Buenos Aires.

El padre era simpático, entrador, cariñoso. Alberto dice que algunas personas lo consideraban adorable aunque tenía tormentas y cuando llegaban era preciso estar lejos. Si no, lo golpeaba con el puño cerrado y no temía romperle algún hueso.

Una vez que terminó el colegio secundario, Alberto empezó la carrera de Ingeniería y consiguió el puesto de técnico químico en una empresa láctea. En algunos años ascendió y llegó a jefe de desarrollo.

Ya se había recibido de Ingeniero cuando lo contrató la empresa Alimentos de Soja (ADES). Al principio trabajó en el proyecto y al año, con la esposa y la hija, se mudó a Tucumán donde funcionaba la planta.    

Por fin estaba lejos. Visitaba a los padres de vez en cuando y pensaba que tenía una vida nueva. Sumaba experiencia profesional, el proyecto ADES ganó el premio Sial que lo puso en la vidriera de la industria alimentaria y creía que su familia era muy diferente a la que lo había criado.

–Todo eso se derrumbó cuando murió mi mamá– dice Alberto, que a los 65 tiene los ojos oscuros y la piel muy blanca, la barba y el bigote de un par de días, más bien canosos como el pelo escaso que le cubre la cabeza. Quizás desde afuera se viera con claridad pero él no lo comprendía–. Por qué siempre estaba triste, por qué lloraba, por qué se suicidó. No lo podía entender.

Entonces empezó a sentir culpa y angustia y hacía las cosas a desgano y con mucho esfuerzo: levantarse de la cama, darse una ducha, elegir la ropa, ponérsela. Si salía de vacaciones sentía que era el remisero de la mujer y la hija.

Ni él ni la mujer pudieron adaptarse a la vida en el interior y, a mediados de los noventa, regresaron a Buenos Aires. Al poco tiempo abrió una fábrica de envases flexibles. Por más que no le encontraba sentido a nada, quedarse en la cama no era una opción. Era el que generaba dinero y debía trabajar.

Todos los días pensaba en la hija: no podía hacerle lo que la madre le había hecho a él. Llegó un momento en que ese pensamiento era el único sostén: vivía para no devastarla.

Los ataques de pánico y la necesidad irrefrenable de llorar, que comenzaron cuando tenía 38, en el año 2001, le daban vergüenza y se ocultaba. Si estaba con la familia o en el trabajo se encerraba en el baño. Dormía una hora o media o algunos minutos y aun así tenía pesadillas. Colocar la llave en la cerradura podía llevarle un buen rato: los nervios, la ansiedad eran permanentes.

Las ideas sobre el suicidio surgieron solas, de un momento a otro. También así, sin preludios aparecían los métodos, las posibilidades. Si no controlaba la mente, pensaba, llegaría el momento en que tampoco controlaría los actos.

Sin descanso y con ideas que lo aterraban no aguantó más y en septiembre de aquel año llamó al Centro de Atención al Suicida, la línea 135. Después fue a un psiquiatra que lo medicó y pudo volver a dormir de corrido. El psicoanálisis no era para él, se sintió más cómodo con una terapia cognitiva y encontró lugar en un taller sobre pensamientos suicidas que funcionaba en el hospital Pirovano.

Pasaron unos diez años para que Alberto pudiera dejar atrás la depresión. Hoy cree que la vulnerabilidad que la generó sigue estando de modo que los cuidados tienen que ser de por vida.

Cuando logró estar mejor, empezó a trabajar como voluntario en la línea 135. Cumplía una guardia cuatro horas a la semana. Atendía el teléfono. Solían tocarle uno o dos llamados por vez y tenía tiempo de leer hasta que llegó la pandemia. En los momentos de la cuarentena más estricta, apenas terminaba un llamado entraba el siguiente.

Él llevaba tiempo pensando que con esa asistencia no alcanzaba y, en 2022, con un par de compañeros fundaron Hablemos de Suicidio, una ONG donde funcionan grupos de ayuda mutua que se reúnen por zoom. Fueron los primeros en el país en implementar esas reuniones entre pares, como las de Alcohólicos Anónimos, a las que se conectan personas de toda América Latina.

Alberto todavía recuerda que cuando atravesaba la depresión, los demás le decían que saliera a caminar, que fuera al parque, a lugares alegres, que se tomara vacaciones, que hiciera tal terapia o fuera al psicólogo. Él sentía que no se bancaban que estuviera deprimido. Sabe que es difícil. Apenas empezó el tratamiento, la esposa le pidió el divorcio y la entiende. Pero a él le sirvió lo que ahora tratan de hacer en los grupos:  que lo escucharan sin darle consejos, sin juzgarlo, que lo acompañaran.

Lo que tenés que saber

En Argentina la tasa de suicidio es de 11,8 por 100 mil habitantes y es la principal causa de muerte entre 15 y 24 años.
Alberto, tras años de depresión y tratamiento, fundó en 2022 la ONG Hablemos de Suicidio, que ofrece grupos de ayuda mutua por Zoom a toda América Latina.

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