Mientras la chicharrita del maíz (Dalbulus maidis) continúa representando una amenaza para los productores del norte argentino, el sorgo se consolida como una de las alternativas más atractivas para diversificar la producción agrícola. Su principal ventaja sanitaria radica en que no actúa como hospedero del insecto, por lo que queda fuera del ciclo biológico de la plaga que tanto preocupa al sector.
Los últimos relevamientos de la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis muestran que la situación sigue siendo delicada. En el NOA, el 95% de las localidades monitoreadas registró presencia de la chicharrita y el 83% alcanzó la categoría de máxima abundancia, con más de 100 adultos capturados por trampa. En el NEA, el panorama también es complejo: el 98% de las localidades presentó presencia del insecto y más de la mitad registró poblaciones muy elevadas, especialmente en Bandera y Tacañitas, en Santiago del Estero.
La persistencia de plantas voluntarias de maíz, conocidas como "maíces guachos", permite que la plaga sobreviva entre campañas, elevando el riesgo sanitario para la próxima siembra del cereal.
Aunque la ausencia de la chicharrita representa una ventaja importante, el crecimiento del sorgo no se explica únicamente por cuestiones sanitarias. En los últimos años el cultivo comenzó a recuperar protagonismo gracias a una combinación de costos competitivos, buena adaptación a ambientes con restricciones hídricas y una demanda internacional que continúa firme.
La campaña 2024/25 marcó un punto de inflexión para el cultivo en Argentina. La superficie sembrada creció alrededor de un 25% respecto del ciclo anterior y se aproximó al millón de hectáreas, mientras que la producción alcanzó entre 2,9 y 3,2 millones de toneladas, ubicándose entre las mayores de los últimos años.
De cara a la próxima campaña, las primeras proyecciones estiman una superficie cercana a las 800.000 hectáreas destinadas al sorgo granífero. Sin embargo, la decisión final de los productores dependerá de la evolución de los precios internacionales, las condiciones climáticas y la situación sanitaria que enfrente nuevamente el maíz.
China sostiene la demanda internacional
Uno de los principales motores del crecimiento del cultivo continúa siendo el mercado externo. Actualmente, China concentra entre el 90% y el 95% de las exportaciones argentinas de sorgo, especialmente durante la ventana comercial comprendida entre mayo y septiembre.
Esta fuerte demanda convierte al cereal en una alternativa competitiva cada vez que el mercado chino incrementa sus compras, mejorando la rentabilidad frente a otros cultivos tradicionales.
Un cultivo con alto potencial productivo
En condiciones promedio, el rendimiento nacional del sorgo oscila entre 4.000 y 5.000 kilos por hectárea. Sin embargo, el desarrollo genético y las mejoras en el manejo agronómico permiten alcanzar rendimientos considerablemente superiores.
Con híbridos modernos y un adecuado manejo del cultivo, el potencial puede ubicarse entre 8.000 y 12.000 kilos por hectárea en ambientes favorables. Durante la campaña pasada, provincias como Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos registraron rindes promedio de entre 60 y 70 quintales por hectárea, con numerosos lotes que superaron ampliamente esos valores.
Estos resultados muestran que el sorgo dejó de ser considerado únicamente una opción para zonas marginales y comenzó a posicionarse como un cultivo competitivo también en ambientes de alto potencial.
Un aliado para conservar la salud del suelo
Además de sus ventajas económicas, el sorgo aporta importantes beneficios desde el punto de vista agronómico. Su sistema radicular está compuesto por raíces fibrosas, profundas y altamente ramificadas, capaces de explorar un amplio volumen de suelo para captar agua y nutrientes.
Esta característica le permite mantener buenos niveles productivos incluso en campañas con restricciones hídricas, convirtiéndolo en una alternativa de gran estabilidad frente a escenarios climáticos cada vez más variables.
Asimismo, el cultivo genera una importante cantidad de biomasa tanto aérea como subterránea. Sus raíces incorporan carbono al perfil del suelo y favorecen la formación de materia orgánica, mientras que el rastrojo protege la superficie frente a la erosión y contribuye a conservar la humedad.
Diversos estudios también destacan que el sistema radicular del sorgo mejora la estructura física del suelo, favorece la infiltración del agua y ayuda a disminuir problemas de compactación en determinados ambientes productivos.
La elección del híbrido y la fecha de siembra resultan decisivas
El potencial del cultivo depende en gran medida de una correcta planificación. La elección del híbrido y la fecha de siembra son dos decisiones fundamentales para maximizar el rendimiento.
Las siembras tempranas permiten aprovechar mejor la disponibilidad de agua y alcanzar mayores niveles de producción, mientras que las siembras tardías suelen ofrecer mayor estabilidad en campañas secas, siempre que se utilicen materiales de ciclo corto o intermedio.
Los especialistas recomiendan planificar la implantación para que el período crítico del cultivo, comprendido aproximadamente entre los 20 días previos y posteriores a la floración, coincida con la etapa de mayor disponibilidad hídrica.
También destacan la importancia de la siembra a placa, que mejora la uniformidad del cultivo respecto de la siembra a chorrillo. En Argentina, las distancias entre surcos suelen variar entre 42 y 52 centímetros, ajustándose según el potencial del ambiente y las características del híbrido.
La genética incorpora herramientas frente a nuevas amenazas
Más allá de la problemática de la chicharrita, el pulgón amarillo continúa siendo una de las principales plagas que afectan al sorgo. En materiales susceptibles puede provocar pérdidas significativas de rendimiento, motivo por el cual la incorporación de genética tolerante se transformó en un aspecto central dentro de la planificación del cultivo.
En ese contexto, empresas como RAGT Semillas desarrollaron híbridos que incorporan nuevas tecnologías de protección. Entre ellos se destacan TOB 1078 IG, orientado principalmente a la producción de grano con posibilidad de uso como doble propósito, y TOB 1074 IG, especialmente diseñado para planteos de silaje y equipado con tolerancia tanto al pulgón amarillo como a herbicidas del grupo de las imidazolinonas.
Ambos materiales forman parte de la plataforma SFull, que combina las tecnologías Igrowth, para el manejo de malezas, y SProtect, enfocada en la tolerancia al pulgón amarillo, ofreciendo herramientas que contribuyen a reducir riesgos productivos y mejorar la estabilidad de los rendimientos.
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