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Cómo el clima obliga al campo a repensar su negocio

El clima ya impacta en rindes, seguros, crédito e inversiones. El campo necesita gestionar suelo, agua y biodiversidad como activos estratégicos.

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Foto de Agro y Negocios: Cómo el clima obliga al campo a repensar su negocio

El agro argentino está acostumbrado a trabajar con incertidumbre. Los precios internacionales, los costos, las tasas de interés y los cambios regulatorios forman parte de las variables que condicionan cada campaña. Pero existe un factor que adquiere cada vez mayor peso y que puede modificar de manera profunda la lógica productiva: el riesgo climático.

Sequías, inundaciones, temperaturas extremas y otros eventos adversos ya no pueden analizarse únicamente como problemas que afectan los rindes. Sus efectos se extienden al conjunto del negocio: pueden comprometer los ingresos, dificultar el cumplimiento de obligaciones financieras, encarecer los seguros, restringir el crédito y postergar decisiones de inversión.

Los relevamientos del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral muestran, además, que los productores reconocen la importancia creciente de los factores climáticos. El desafío que aparece hacia adelante es transformar esa percepción en herramientas concretas de gestión empresarial.

El clima dejó de ser solo un riesgo productivo

Un evento climático extremo puede comenzar en un lote, pero sus consecuencias rápidamente se trasladan a toda la cadena agropecuaria.

Cuando una sequía reduce los rendimientos o una inundación impide sembrar y cosechar en tiempo y forma, disminuye la capacidad de generar ingresos. Esa menor previsibilidad afecta, a su vez, la posibilidad de afrontar compromisos, renovar capital de trabajo y planificar nuevas inversiones.

La experiencia reciente ofrece ejemplos concretos. Entre 2020 y 2023, el sector atravesó un período marcado por tres campañas consecutivas de sequía, mientras que en la campaña 2023/24 el impacto de la chicharrita agregó una fuerte presión sobre la producción de maíz.

El problema, entonces, no es únicamente cuánto produce un campo en una campaña determinada, sino qué capacidad tiene ese sistema para absorber un shock y recuperarse después.

El riesgo climático también encarece el financiamiento

La cadena de impactos puede llegar hasta el sistema financiero. Cuanto más impredecibles son los eventos extremos y más difícil resulta estimar sus pérdidas potenciales, mayor es el desafío para las compañías aseguradoras.

Esto puede traducirse en primas más elevadas, coberturas más limitadas o productos que dejan de estar disponibles para determinados riesgos.

Sin una cobertura adecuada, el productor queda más expuesto y el acceso al crédito puede volverse más complejo o costoso. De esta manera, una amenaza climática termina teniendo consecuencias financieras.

La lógica es importante: invertir en resiliencia no necesariamente significa asumir un costo ambiental adicional. También puede significar reducir vulnerabilidades, estabilizar ingresos y mejorar las condiciones para financiar el negocio.

El suelo y el agua pasan a ser activos estratégicos

Durante décadas, buena parte de la actividad productiva trató los recursos naturales como factores disponibles para sostener la producción. El nuevo escenario obliga a modificar esa mirada.

El suelo, el agua y la biodiversidad no son simplemente recursos utilizados por la actividad agropecuaria. También constituyen activos que determinan la capacidad futura de producir.

Un suelo saludable, por ejemplo, puede mejorar su capacidad de retener agua y sostener la productividad frente a determinados períodos adversos. Por el contrario, un suelo degradado puede incrementar la vulnerabilidad del establecimiento cuando aparece una sequía, una lluvia intensa o una ola de calor.

La FAO advierte que la degradación de las tierras agrícolas y los ecosistemas puede debilitar la resiliencia climática y reducir la productividad agropecuaria de largo plazo.

Del recurso natural al capital natural

El cambio conceptual es profundo: la naturaleza comienza a ser entendida como capital natural.

Bajo esta perspectiva, el suelo deja de ser solamente la superficie donde se desarrolla un cultivo. Es un sistema biológico cuyo estado influye sobre la productividad, la capacidad de recuperación y el valor futuro de la explotación.

Lo mismo ocurre con el agua y la biodiversidad. Gestionarlos correctamente puede generar servicios ecosistémicos que contribuyen a sostener la actividad productiva.

Por eso, el deterioro del capital natural no es únicamente un problema ambiental. También puede convertirse en un problema económico y empresarial.

La propia FAO plantea que la gestión del suelo, el agua y los ecosistemas debe integrarse a las decisiones de adaptación y resiliencia de los sistemas agroalimentarios.

Tecnología: de la eficiencia a la gestión del riesgo

La tecnología también adquiere un papel diferente cuando se la analiza desde esta perspectiva.

Las herramientas de agricultura de precisión, los sistemas digitales de monitoreo y las prácticas regenerativas suelen asociarse con una mayor eficiencia o una reducción de costos. Sin embargo, su valor potencial puede ser mucho mayor si se las utiliza para reducir la exposición y vulnerabilidad frente a eventos climáticos.

La pregunta deja de ser únicamente cuánto permite ahorrar una determinada tecnología.

Pasa a ser también: ¿qué riesgo ayuda a gestionar?

Qué decisiones pueden mejorar la resiliencia

La respuesta puede encontrarse en distintas dimensiones de la producción:

  • Mejorar la retención y disponibilidad de agua.

  • Reducir la erosión y proteger la estructura del suelo.

  • Monitorear variables productivas y climáticas para anticipar decisiones.

  • Favorecer la biodiversidad y las funciones ecosistémicas.

  • Ajustar estrategias de manejo ante escenarios climáticos cambiantes.

  • Diversificar riesgos productivos y financieros.

El objetivo no es eliminar la incertidumbre —algo imposible en una actividad biológica— sino aumentar la capacidad del sistema para responder ante ella.

El desafío es convertir la percepción en una estrategia

Uno de los principales problemas que enfrenta el agro no parece ser la falta de conciencia sobre el riesgo climático, sino la dificultad para traducir esa percepción en decisiones empresariales sistemáticas.

Reconocer que el clima representa una amenaza es apenas el primer paso. El siguiente consiste en incorporarlo al análisis de inversiones, seguros, financiamiento, manejo productivo y planificación de largo plazo.

Esto implica pasar de una lógica centrada exclusivamente en la próxima campaña a otra que considere el rendimiento futuro del capital natural.

Un campo puede generar buenos resultados durante algunos años y, al mismo tiempo, deteriorar progresivamente los activos que sostienen su productividad. En ese escenario, la rentabilidad observada en el corto plazo puede esconder un problema empresarial de largo plazo.

Capacitación e incentivos, dos piezas clave

El cambio tampoco depende exclusivamente del productor.

Para avanzar hacia sistemas más resilientes hacen falta capacitación, asistencia técnica, información confiable, servicios de extensión y mejores instrumentos financieros.

También resultan relevantes los incentivos económicos. Si una práctica que conserva o regenera el capital natural genera beneficios que exceden al establecimiento individual y alcanzan a toda la sociedad, existe un argumento para que esos beneficios sean contemplados en las reglas que orientan las decisiones privadas.

La gestión climática, en consecuencia, no debería quedar aislada dentro de una agenda ambiental. Tiene que formar parte de la estrategia económica del negocio agropecuario.

Un riesgo que ya ocupa un lugar central en la economía global

La transformación del agro argentino se inscribe en una discusión internacional más amplia.

El World Economic Forum mantiene a los fenómenos meteorológicos extremos entre los principales riesgos globales. En su informe de 2026, el riesgo climático perdió posiciones en el horizonte de corto plazo frente al avance de las preocupaciones geopolíticas y económicas, pero los fenómenos meteorológicos extremos continúan encabezando el ranking de riesgos para los próximos diez años.

Esto resulta especialmente relevante para una actividad cuya productividad depende directamente de variables naturales.

La cuestión ya no es determinar si el clima debe incorporarse a la estrategia del agro. La cuestión es cómo hacerlo de manera económicamente viable y antes de que los shocks obliguen a hacerlo de manera reactiva.

El próximo desafío: producir mejor frente a un escenario más incierto

El regreso de fenómenos climáticos como El Niño puede volver a poner a prueba la capacidad de respuesta del campo argentino. Pero cada episodio extremo también puede funcionar como una señal para acelerar cambios que el sector ya comenzó a discutir.

La pregunta estratégica no debería ser solamente cómo atravesar la próxima campaña, sino qué tipo de sistema productivo se quiere construir para las próximas décadas.

En ese camino, conservar el suelo, gestionar mejor el agua, incorporar tecnología, diversificar riesgos y fortalecer la biodiversidad dejan de ser decisiones separadas de la rentabilidad.

Son parte de ella.

Porque el clima puede modificar los resultados de una campaña, pero la forma en que el productor administra sus activos naturales puede determinar la capacidad de su negocio para seguir siendo rentable en el futuro.

El desafío para el agro argentino consiste, entonces, en dejar de considerar la naturaleza como un límite externo a la producción y comenzar a reconocerla como parte del patrimonio empresarial.

Cuidar el capital natural ya no es solamente una cuestión ambiental: es una decisión de negocio.


Basado en un artículo de Lara Colombo, economista especializada en análisis ambiental y financiamiento climático e investigadora del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral.

Lo que tenés que saber

Las sequías, inundaciones y temperaturas extremas reducen ingresos, encarecen seguros y dificultan el acceso al crédito para los productores agropecuarios.
Entre 2020 y 2023 el sector vivió tres campañas consecutivas de sequía y en 2023/24 la chicharrita agravó la producción de maíz, evidenciando la presión climática reciente.
El World Economic Forum ubica los fenómenos meteorológicos extremos entre los principales riesgos globales, impulsando la necesidad de integrar la gestión climática en la estrategia económica del agro.

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